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Juan Pablo I, el Papa que murió 33 días después de asumir y la mentira del Vaticano que fomentó teorías de asesinato

El Papa Juan Pablo I saluda a una multitud en la Plaza San Pedro del Vaticano el 27 de agosto de 1978. Murió 33 días después (Photo by Keystone/Hulton Archive/Getty Images)

El 29 de septiembre de 1978, la noticia-bomba vaticana sacudió a la feligresía católica mundial: Juan Pablo I, el Papa de la sonrisa, acababa de morir, a los 65 años, 33 días después de haber asumido. Un pontificado relámpago. La información era que un infarto de miocardio había fulminado a Albino Luciani en su cama durante la noche del 28 y que un sacerdote, su secretario personal, había encontrado el cuerpo. Esta fue la versión oficial. Falsa, o en parte falsa. Días después se filtró un dato que invalidaba al parte del 29: el cadáver había sido descubierto, en realidad, por dos monjas que entraron de madrugada en los aposentos papales y encontraron al cadáver con los anteojos puestos y la luz encendida. No mentirás: aquella pecaminosa falsedad informativa inicial, tuviera la motivación que tuviera, desató una tormenta de sospechas: intrigas palaciegas, teorías conspirativas e hipótesis de magnicidio alimentadas luego por libros, películas -entre ellas, “El Padrino III”, ficción que se adelantó a la era de la posverdad- y hasta por un supuesto sicario que se autoincriminó con ostentación. El misterio quedó enterrado en las Grutas Vaticanas, debajo de la basílica de San Pedro, junto con el cuerpo embalsamado -sin autopsia previa- de Juan Pablo I. Amén.

Por infobae.com

Volvamos a la información oficial. El Papa -el último italiano, hasta el momento- se sintió mal durante la noche del 28. Uno de sus asesores, Diego Lorenzi, le aconsejó que consultara a los médicos. Pero el sumo pontífice no quiso molestar ni alarmar a nadie. “Antes de acostarse, mandó llamar al arzobispo de Milán, el cardenal Colombo. Hablaron de la sucesión en Venecia, cargo que Juan Pablo I había dejado vacante. Mantuvieron una conversación larga, discreparon sobre el candidato. Después, el Papa se retiró a su cuarto, y poco más puede saberse. Sufrió un ataque al corazón tan fuerte que no tuvo tiempo ni de tocar el timbre que tenía al lado de la cama”, sostuvo Giovanni Maria Vian, autor del libro “Juan Pablo I, el Papa sin corona. Vida y muerte de Juan Pablo I”. Según el relato vaticano, el irlandés John Magee, secretario personal de tres Papas -Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II- fue el que descubrió el cadáver. Recién diez años después, Magee reconoció en una entrevista con la revista religiosa “30 Giorni” que eso no era verdad. Ya en el siglo XXI, en 2009, volvió a ser noticia pero no por éste asunto sino por la acusación de haber encubierto a curas pedófilos: Magee debió renunciar al obispado de la diócesis de Cloyne, Irlanda

Monjas en la habitación papal

Durante la madrugada trágica de 1978 -el año de los tres Papas: Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II-, sor Vincenza Taffarel, monja enfermera, dejó, como lo había hecho desde la asunción de Luciani, una tacita con café humeante para que él lo tomara al levantarse. A las 5.45, hora en que el Papa bebía el primer café del día, el seguía pocillo ahí, sin que nadie lo hubiera tocado, enfriándose. Lo mismo que ocurría, al otro lado de la puerta, con el cuerpo de Juan Pablo I. Preocupada, Taffarel buscó a sor Margherita Marin, otra de las cuatro Hermanas de María Bambina que servían en el piso papal. Llamaron a la puerta. Nadie respondió. Entraron. “La luz de la habitación estaba encendida, el Papa estaba en la cama, con las gafas aún apoyadas en la nariz, con papeles en el regazo, como si se hubiera quedado dormido mientras leía. Parecía estar durmiendo con una expresión serena. Lo llamamos varias veces pero no respondió. Estaba inmóvil. Así que corrimos a buscar a las secretarias, que llegaron inmediatamente. Lo tocaron, estaba frío. Luego los médicos lo declararon muerto”, le relató Marin a la revista “Famiglia Cristiana” en 2022, año en que Juan Pablo I fue beatificado. Era la única sobreviviente de las monjas que asistieron al Papa la madrugada fatal. El médico que constató el fallecimiento, Renato Buzzonetti, calculó que la muerte había ocurrido alrededor de las once de la noche.

Margherita, que en aquel momento tenía 37 años, también narró la jornada previa, transcurrida, según su perspectiva, sin alarmas ni, mucho menos, indicios tanáticos. “El Papa había trabajado intensamente todo el día, como siempre. Estaba leyendo y escribiendo mucho. Preparaba un documento para los obispos y practicaba su italiano para algunas audiencias que estaban programadas. Esa tarde, como era su costumbre, había rezado con nosotras. Cada una de las Hermanas teníamos nuestra tarea. Yo me encargaba de los preparativos para la celebración litúrgica de la mañana, en la que participábamos con él. Así que antes de despedirnos, me preguntó qué misa le iba a preparar al día siguiente. Le contesté que la de los Santos Ángeles Custodios. Sonrió y se fue a su habitación. Cuando volví a verlo estaba muerto”. Las autoridades vaticanas habían considerado inapropiado que dos o más mujeres hubieran entrado, en ausencia de hombres, al dormitorio papal. Por eso, supuestamente, inventaron que Magee había descubierto el cuerpo. Con la intención de evitar rumores indecorosos, allanaban el camino de las hipótesis de asesinato que se avecinaban.

Los dos pontificados anteriores al de Juan Pablo I, el de Juan XXIII y el de Pablo VI, habían sido de cambios, renovaciones y por supuesto de resistencias en la Iglesia, sobre todo a partir del Concilio Vaticano II. La muerte de Pablo VI, el 6 de agosto de 1978, tensó la puja entre sectores conservadores y progresistas. En tiempos de la Guerra Fría y el mundo bipolar, Italia estaba convulsionada por el asesinato de Aldo Moro, ex primer ministro y líder de la democracia cristiana, tras un golpe comando en el que las Brigadas Rojas masacraron a cinco custodios y secuestraron a Moro. En ese contexto asumió Juan Pablo I, de origen humilde, familia proletaria, prometedor del cielo para los pobres, pero defensor cerril del Opus Dei. Una especie de bisagra entre los que no querían un Papa extremadamente conservador ni tampoco uno con simpatías izquierdistas. La osadía de Albino Luciani, para algunos, no iba a ser ideológica sino financiera: tratar de clarificar las oscuras cuentas vaticanas.

Mientras era patriarca de Venecia, en 1972, el Banco Vaticano le había vendido al Banco Ambrosiano, propiedad de Roberto Calvi, la Banca Católica del Veneto, que solía otorgar créditos a bajo interés. El arzobispo Paul Marcinkus, estadounidense, responsable de la administración vaticana, habilitó la operación, sin consultarle a Luciani. En 1978, el Banco de Italia alertó sobre movimientos sospechosos de los fondos del Banco Ambrosiano y promovió la investigación del imperio económico de Calvi: una trama de maniobras financieras turbias que involucraba a empresarios, religiosos, políticos, mafiosos y miembros de la logia masónica P2, fundada por Licio Gelli. La muerte de Juan Pablo I, y la suposición de que quería esclarecer aquellos hechos, despertó sospechas. Cuatro años después, en medio de un escándalo internacional, se derrumbó el Banco Ambrosiano y arrastró a otras entidades vinculadas con el Vaticano. La acusación judicial incluía acusaciones sobre evasión impositiva, desvío de fondos para solventar golpes de Estado y negocios con la mafia. El cadáver de Calvi apareció colgado de un puente en Londres.

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